A ellos les dicen la generación de cristal, porque se quiebran con nada, son frágiles, en exceso emotivos, quejumbrosos, todo les ofende; y nos echan la culpa a nosotros que somos los responsables de su educación, nosotros, la Generación X.
Y digamos que sí. A nosotros se nos encargó de empezar a eliminar un montón de prejuicios y problemas sociales, a trabajar en la aceptación y en la autoafirmación de los milenials.
Hubo un ecceso de refeurzo positivo en donde no había necesidad:
Todos los niños son hermosos
Se acabó "el gordo", "el flaco", empezaron las odas a las desproporciones y cualquier crítica o comentario se convirtió en el inaceptable bullying. Cada salon de clase de mi generación tenía al negro, al gordo, el loco, pájaro, el huevo, Chiqui, el gato, pelo de choza, caballo o burro, la loca; yo fui el repetido... Y sí, a algunos, esos apodos les cayeron como una tonelada de ladrillos hiriendo su desarrollo personal, otros los usaron como escudo, como emblema para forjar su identidad.
Todos los niños son ganadores
Hacen un concurso o una competencia y a todos les dan una medalla de participación, es un aplauso a la mediocridad que supera el verdadero estímulo por el desarrollo del talento o las habilidades deportivas. Cualquier mamarracho tiene espacio en el museo y el verdadero artista y el verdadero atleta se diluyen entre premios de consolación. Yo tuve que aceptar a temprana edad que no estaba hecho para competir, me di cuenta que no tenía la disciplina ni la fuerza para ser un atleta, ni la disciplina para ser un gran artista. Nadie estimuló mi mediocridad con premios de participación. Cuando gané un premio fue porque de verdad en eso, fui (fuimos) el mejor.
Todos somos iguales
Pues no, una cosa es tener los mismos derechos civiles, pero otra es creer que todos somos iguales. Aceptémoslo: hay gente brillante y gente bruta, y el resto estamos en medio. Al bruto no le han dicho en la cara que lo es, permitiéndole andar por el mundo como una ave: cagándola mientras se desplaza. Y esos andan en horda, dejándose "meter los dedos en la boca", creyendo cuentos que estaban desterrados gracias a la ciencia y al progreso. Han vuelto los antivacunas, los terraplanistas, se alborotaron las sectas religiosas y políticas, se eliminó el sentido crítico, porque criticar equivale a ofender. Antes la gente perdía el año en la escuela y las notas reflejaban un rendiemiento bueno o malo, pero a algunos les pareció muy drástico y ya ni la ortografía es importante: miren los posts en redes sociales para que lloren.
Todos somos libres
Quizá estuvimos muy reprimidos, regulados por códigos estéticos y de comportamiento. Al salir del colegio, mi primera expresión de libertad fue dejarme crecer las greñas, pero a pesar de esas ansias de libertad, nosotros los X, seguimos siendo conscientes del respeto a las normas, del balance que requieren las normas sociales y en la mayoría de los casos, no vivimos en una permanente crisis de identidad. Como no quiero ofender a los milenials ni a los que vienen después, digamos simplemente que ellos ya no saben si son personas o pepinos, y a nosotros nos toca decirles pepinos, para que no lloren, para que no nos acusen.
Ha habido muchos cambios positivos, hemos logrado mayor empatía en causas sociales y personales, sin embargo siento que hace falta "mano dura" al momento de decir la verdad, faltó ser honestos y decirle a quién le tocaba que esto estaba mal, que así no se hacen las cosas, que hay que poner más de su parte, que la vida y la gente son crueles, que siempre puede ser peor.
Se endulzó lo trágico, se disfrazó el horror de drag queen y hasta los violadores y secuestradores ahora posan de sirvientes de la democracia, a mi generación se le fue la mano con la aceptación y la empatía, porque las hubo donde precisamente se necesitaba ser severo. Gobiernan los ineptos, los incompetentes, los mediocres, mandados por los delincuentes y abusadores; enseñan cosas mandadas a recoger, han resucitado conceptos ridículamente falsos disfrazados como libertad de expresión y de pensamiento.
Los milenials, y las generaciones que vienen después, incluidos mis hijos, son muy frágiles gracias a un sistema que enfatiza la fragilidad y sanciona la firmeza. Los milenials y los que siguen, no saben "lo que es sufrir", lloran y hasta se suicidan por el cyberbullying, qué les cuesta ignorar o simplemente cerrar las redes? Ellos no son niños de calle como fuimos nosotros, son niños de apartamento y luego niños de tableta, no saben qué es jugar con boñiga, no saben hacer un mandado, no han peleado en la calle, ni siquiera tuvieron que esperar una semana para ver un episopdio de su programa favorito, no hicieron comiditas con fogata en una manga... no se han descalabrado loma abajo en bicicleta y mucho menos, no les han curado esas heridas con Merthiolate.
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